Un empleado de una charcutería de Nueva Jersey, Estados Unidos ha
demandado a la empresa para la que trabajaba por despedirle. El simple y llano
motivo de darle puerta, es porque según él se tiraba muchos pedos, aunque la
empresa ha alegado que el motivo ha sido puramente económico. Ya se ha perdido
hasta ese calor humano del sentir de un pedo bien tirado. A este hombre en vez
de despedirle lo tenían que haber incentivado para que esa armoniosa y placentera
orquesta pedorra, en vez de decaer, fuese a más vez y se tirare los cuescos con
más solera y “tronío”. Unos pedos soltados con gracia y alegría son para
quitarse el sombrero. Esas ventosidades que emanan del culo y envuelven el
ambiente con eso gases tan melodiosos y simétricos pueden hasta resucitar un
muerto. Un pedo puede llegar hasta a ser apasionado y romántico y ser recibido
con algarabía y entusiasmo. Muchos han sido los escritores, ensayadores y
novelistas que en sus obras se han inspirado expeliendo un sonoro y atronador
pedo. Philip RoTh, escritor estadounidense dijo: “Cuando yo me tiro pedos en la
bañera ella se hunde y besa las burbuja”: “que cosa más bonita y profunda”
“estos pedos son poesía pura”. Además de romper el hielo que motivo y entrañable
resultaría cuando a las nueve de la mañana entrara esa señorita en la
charcutería, y le dijese al empleado: -buenos días- y este le respondiese
tirándose un cuesco. O esa otra señora ya entrada en años, que le dice:
-póngame cuarta y media de chorizo- y el dependiente le soltase: “un pum cata
pum chin pum” y desde la otra parte del
mostrador retumbara un sonoro pedo: y le dijese -¿señora, al chorizo le quito
el pellejo?- el ambiente y la amistad que se entabla en esos momentos, entre
clienta y dependiente: “por Dios que eso no tiene precio”. O esa otra tía
abuela que llega con el niño de la mano y dice: -por favor me pone siete
rodajas mortadela-, y nuestro entusiasta
y pedorro dependiente le suelta –Ufffffffffffffffffff vaya castaña que me acabo
de soltar señora:- le pongo también
cuatro morcillas de cebolla-. Seguro que
esa mujer sale del establecimiento con una amplia sonrisa en la cara,
dicharachera y dichosa por las atenciones del charcutero y esos apreciados
pedos. O ese vecino que vive enfrente de la charcutería y hace treinta años que
conoce al charcutero; y le dice: -ponme medio queso curado- y este le espeta:-
pues a ti te Vaaaaaaaaaaaaaaaa menuda castaña te envío compañero; –curado no sé
si estará, pero caliente desde luego-. Fijo que se echan unas risas, se abrazan
efusivamente y esa amistad dura otros treinta años más lo menos. Una injustica,
pero una injusticia total lo que han hecho despidiendo a este empleado; cuando
un pedo, flatulencia, ventosidad o cuesco tirado en su momento justo y oportuno
han encumbrado a la gloria a poetas, artistas, sabios y a gente con mucho
talento. Pierre-Thomas-Nicolas HurtauT escribano francés, en un ensayo físico
teórico escribió. “El arte de tirarse pedos”, cuyo extracto es el siguiente.
“Es en el mundo social donde el pedo puede tener sus mejores desarrollos, ya
sea para iniciar una conversación, para hacer callar a un contertulio fatigoso
o como salida triunfal en una disputa dialéctica. Hay que ser claro, el pedo es
un acto de afirmación existencial solo al alcance de aquellos que han
conquistado su libertad más allá de los prejuicios sociales. En resumidas
cuentas: hay que peerse mucho, para sentirse libre y sin complejos. Un pueblo pedorro es un pueblo unido, sin ataduras ni
cadenas, y con el metano que expulsa no hay quien tenga cojones de cruzar sus
fronteras.
(Mi gran defecto es
la ordinariez, y mi gran virtud es no dejar de serlo).

