Una
locura
Juan
José
Millás
5
OCT
2012
-
00:02
CET
Tras
hacer
cuentas
para
cerrar
mis
presupuestos
domésticos,
he
decidido
dar
un
recorte
serio
a
la
partida
que
venía
dedicando
a
la
educación
de
mis
hijos.
Que
sean
autodidactas,
como
yo.
Voy
a
dedicar
menos
dinero
también
a
la
alimentación
familiar.
Que
se
coman
un
bocata
de
chóped
a
mediodía
y
luego,
en
casa,
unas
acelgas
rehogadas.
Lo
de
ir
al
médico
cada
dos
por
tres
se
ha
acabado.
Si
salen
con
los
dientes
torcidos,
que
aprendan
a
masticar
en
diagonal.
Y
si
tienen
dioptrías,
que
guiñen
los
ojos.
El
dinero
que
ahorre
recortando
estas
partidas
se
lo
regalaré,
a
través
del
Ministerio
de
Hacienda,
al
mismo
banco
que
estuvo
a
punto
de
arruinarme
vendiéndome
productos
basura,
tipo
acciones
preferentes,
o
cobrándome
comisiones
abusivas,
y
que
luego
se
arruinó
a
sí
mismo
al
dejar
que
sus
directivos
metieran
la
mano
en
la
caja
alegremente
y
se
largaran
con
indemnizaciones
de
cientos
de
millones
de
euros,
que
no
sé
traducir
en
pesetas
porque
ya
he
dicho
que
soy
autodidacta.
Después
acudiré
al
mismo
banco
al
que
le
he
regalado
el
dinero
de
la
educación
de
mis
hijos
y
de
su
alimentación
y
de
su
salud,
para
pedirle
un
préstamo
a
alto
interés
con
el
que
me
compraré
una
bicicleta
estática
y
un
iPhone
5
que
no
necesito.
Lo
hago
por
solidaridad,
para
que
fluya
el
crédito,
como
el
que
chupa
del
tubito
colocado
en
el
bidón
para
que
empiece
a
salir
la
gasolina.
Ya
sé
que
regalarle
dinero
al
banco
para
que
el
banco
me
lo
preste
no
tiene
sentido,
pero
si
logro
convencerme
de
que
es
lo
sensato
dejaré
de
acudir
a
las
manifestaciones
del
25-S,
donde
de
repente
una
mano
tonta
te
saca
del
grupo,
te
lleva
ante
el
juez
y
te
caen
cuatro
años
por
sedición.
Y
encima
condecoran
a
la
mano
tonta.
Por
los
presupuestos
locos
no
se
apuren,
ya
los
he
firmado,
pero
el
Gobierno
debería
echarme
una
mano
lista
para
que
me
parezcan
cuerdos.