Ignacio el carnicero se fue de boca un día que había nevado,
y se partió los omoplatos y siete costillas, y el pueblo a pesar de que tenía
siete millones y pico de habitantes, nunca fue reconocido como ciudad, por
culpa de su alcalde que llevaba cuarenta y siete años con la vara de mando y se
tomaba muchos ibuprofenos para los
dolores del escroto. El pueblo desde tiempos remotos ya había cambiado doce
veces de nombre, por lo tanto ya no sabía nadie como se llamaba y por donde
andaba. Sólo sus habitantes sabían de su emplazamiento, pero jamás soltaron
prenda. Todos tenían trabajo, menos un primo del herrero que se dedicaba a la
confección de cucharas de madera, y se vio envuelto en un atraco que cometió una
monja de clausura. A José Antonio de la
Serna y Cerril no lo conocía nadie, porque siempre llevaba una máscara, lo
único que se sabía de él, es que se peleó con una costurera prima segunda de
Ernesto el “Perejil”, y se quedó mellado como le ocurrió a un cuñado del
alcalde en un pleno. Marcela una vieja de ochenta y cinco años, se subía todos
los sábados por la noche al campanario de la iglesia a cantar saetas, todos
sabían su nombre, pero nadie la conocía, ni sabía de su familia, hasta que un
vecino del notario la registró en el
juzgado como su madre. Margarita se enamoró de un contrabandista de tabaco
durante la época del estraperlo, y su prima se ahogó en un pantano de Huesca.
El pijo de “Hierro” que así le llamaban porque tenía los brazos muy musculados,
lo mató un guardia civil al confundirlo con un yerno del cuñado del
farmacéutico que vivía en Palma de Mallorca, y lo arrolló un tren en Pollensa.
Cuando Ignacio se recuperó del porrazo de la nieve, quiso matar al alcalde por
no limpiar bien las calles, pero se topó con el cura del pueblo que en la
Batalla del Ebro fue sargento furriel, y le volvió a partir tres costillas de
la hostia que le metió. Hubo una gran manifestación y por fin el concejal de
urbanismo consiguió que el pueblo vecino fuese reconocido de Interés Turístico,
hasta que Blasa una sobrina carnal de Margarita decidió suicidarse porque el
pijo de “Hierro” no quería mostrarle sus músculos. La Interpol buscando a
Ernesto el “Perejil”, que atracó un banco en Suiza, se enteró de que José Antonio
de la Serna y Cerril era suegro de un escritor famoso, pero nunca revelaron el
nombre para no dañar la imagen de doña Inés que era la carpanta del pueblo y
amante del alcalde. Del alcalde nadie supo nunca su verdadero nombre, él decía
que se llamaba Ramón Cerril, pero se sospechaba que fue un maqui al que la guardia civil jamás
le pudo meter mano. Una hermana gemela de Margarita se quedó preñada del
escritor famoso, y Ernesto el “Perejil”, se enfadó tanto que tuvo una pelea en
un bar de Tordesillas y le partió las dos piernas a un amigo de doñas Inés la
carpanta. Años más tarde cuando casi todos ya habían muerto salió a la luz de
que Ignacio a pesar de pasar tanto tiempo con las costillas rotas le pegó un
buen polvo a la hermana gemela de Margarita, y tuvieron tres hijos. Dos de
ellos se hicieron políticos, pero como robaban mucho, el cura que a su vez
también tuvo un hijo, ya que entre tiros y tiros durante la Batalla del Ebro,
todavía le quedaban ganas para chingar; se cepilló a una republicana de la
sexta compañía de fusileros de Málaga, y este buen hijo contrato a dos sicarios
chinos, y mataron a los dos políticos ladrones. El tercer hijo de Ignacio y
Margarita se hizo pirotécnico, arte que aprendió de los maestros de Moncada,
pero en unas Fallas calculó mal los kilos de pólvora que tenía preparados para
la “Nit del Foc” y en la A/7 del peso que llevaba el remolque se cayeron del
tractor los setenta kilos de explosivos y fueron a parar al capote de un
mercedes, matando a cuatro australianos que
llevaban máquinas de coser a Barcelona. El que más viejo se hizo fue el
alcalde que seguía gobernando el pueblo pero el muy cabrón no quería que se
convirtiera en ciudad, a pesar de que ya tenía nueve millones de habitantes.
Por fin, Ramón Cerril murió un tres de enero del año chino, y los nueve
millones de habitantes lo celebraron en la plaza mayor bebiendo cerveza y
comiendo churros, pero hubo una gran tormenta y a siete millones se los tragó
el agua, apareciendo los cadáveres en las Lagunas de Ruidera. Los dos millones
que sobrevivieron se marcharon a Ceuta y al cabo de unos años fundaron una peña
de fútbol para recordar a los muertos de la tormenta y a sus antepasados.
(Yo no sé lo que he escrito. Si alguien se ha enterado de algo, ruego me lo haga saber).







